miércoles, 5 de julio de 2017

“Soy travesti porque así nací”


SentiidoPeriodismo, opinión y análisis LGBT.
Publicado mar 2 de 2013
Diana Caballero es una persona travesti heterosexual de 65 años. Desde hace un tiempo decidió hacerse visible para intercambiar experiencias con personas que comparten su identidad.
 

Diana Caballero decidió hablar públicamente de su identidad travesti cuando se dio cuenta que no era una enfermedad ni un delito.

Diana Caballero es también Jorge Lalinde. Vive en Medellín. Tiene 65 años y 35 de ellos los ha vivido abiertamente como una persona travesti. Su forma de vivir y expresar sus géneros le ha permitido comprender otras dimensiones de la individualidad, el desarrollo de su personalidad y la complejidad de las relaciones familiares, sentimentales y de amistad.

¿Cuáles cree que son los aspectos fundamentales que definen a una persona travesti?

Travesti es la persona que utiliza la ropa del sexo opuesto. El travestismo es muy amplio y hay una parte donde se confunde con el transegenerismo. Los travestis heterosexuales, que es la fracción a la cual yo pertenezco, es totalmente invisible. Los psicólogos no los tienen en cuenta para nada. Cuando uno pide una asesoría, salen aventurando ideas pero no se acercan a la realidad de quienes somos.

En alguna parte de su página de Facebook habla de que es un travesti heterosexual, pero en otro lado dice que es lesbiana ¿cómo explica esto?

Cuando uno se hace la evaluación psicológica, lo primero que le dicen es que uno es más mujer que hombre. Por lo menos en el caso mío. Esta evaluación se dio después de cuatro o cinco citas y un par de tests. Y el resultado dijo también que, como yo era más mujer que hombre, y me gustaban las mujeres, entonces era lesbiana. Esa es la condición general. Como mujeres somos lesbianas, porque nos gustan las mujeres. Como hombres somos heterosexuales, porque igualmente nos gustan las mujeres.

¿En qué momento decidió asumir su identidad como travesti y por qué tomó estas evaluaciones psicológicas?

Desde que tengo memoria supe que era travesti y sentía que era malo. Desde pequeño uno oye comentarios que no son buenos y lo único que conoce es lo que se ve en la calle. Por otra parte, siendo niño, mi papá me descubrió usando un vestido de mi mamá. Eso fue terrible y me amenazó con echarme de la casa.
Uno crece lleno de confusiones. Y sólo hasta los 30 años vine a tener mi primera entrevista psicológica y para esa época no se sabía qué era lo que pasaba; simplemente que era una condición psicológica. Me decían: “Usted no es una persona normal y tiene dos opciones: o vive con eso o va donde los terapistas heterodoxos y allá ‘lo curan'”. Y, por supuesto, esto no tiene cura porque no es una enfermedad.
Yo decidí salir del clóset inmediatamente supe que esto no era una enfermedad mental, que era una persona normal, como si fuera zurdo, que no estaba haciendo ningún mal y que además estaba protegido por la Constitución, por medio del libre desarrollo de la personalidad. Me parecía incorrecto andar con ese secreto que toda la vida cargué y que tanto daño me hizo. Entonces tomé la decisión y pensé: “Sí: soy travesti. Los que me quieren como travesti, muy bien. Los que no, adiós”.
Además, sufrí tanto por mi condición, que haber salido del clóset me sirve ahora para la causa que estoy emprendiendo, que es retomar las banderas de Virginia Charles Prince, una de las travestis heterosexuales más famosas y quien más hizo por este sector. Parece increíble que para la psicología hispana no existimos y nos dicen que somos homosexuales secundarios, o fetichistas… y que los hay los hay, como hay policías mafiosos o curas pedófilos, pero están lejos de la verdad.

¿Cómo ha sido este proceso para enseñarles a las personas que ser travesti no necesariamente tiene que estar asociado con la prostitución?

Esa es una parte muy difícil. La parte de la educación. Generalmente lo que más se ve en el travestismo es la prostitución y especialmente en estratos bajos. Las personas de estratos altos no tienen problema en esconderlo. La cuestión ahí es la información. Poderle decir a la gente que existen diferentes orientaciones sexuales e identidades de género en el mundo.
Yo comencé el travestismo “socialmente” cuando vivía en Estados Unidos, donde tuve mi primera entrevista psicológica. Allá comencé a conectarme con personas y a tener un círculo de amistades. Nos travestíamos y nos reuníamos con fines sociales, a jugar cartas, a tomar el té. Los travestis heterosexuales como yo no nos travestimos con la intención de llamar la atención hacia el sexo opuesto o hacia nuestro propio sexo. Es un homenaje a la mujer. Admiramos mucho a la mujer y esto nos hace querer emularla en todos los aspectos. La parte más difícil y que ni siquiera intentamos imitar es la voz, porque nuestra garganta no está diseñada para eso.

Diana Caballero se reúne con amigas travestis para disfrutar de la expresión de su identidad de género.

Cuando una persona travesti vive su identidad como mujer travesti y como hombre, según su sexo biológico, ¿esto genera más rechazo entre las personas?

Todo lo diferente genera rechazo. Esa es la causa de la homofobia y de la endofobia, pues, aunque parezca increíble, dentro de los mismos travestis, aquellos que son homosexuales nos detestan a los heterosexuales. Incluso en algunas discotecas donde es permitida la entrada de travestis, a nosotras no nos dejan entrar.

¿Y por qué pasa eso?

No hay explicación lógica. Porque hay envidias. De hecho, yo hace un tiempo fui víctima de robo de una travesti muy famosa de Medellín. Ella fue reina travesti de Antioquia y con el novio montaron una casa de transformismo y yo fui su primera víctima. Les pagué la mensualidad y dejé con ellos mis cosas y al cabo de quince días las necesité y cuando fui por ellas estaba todo destrozado. No sé por qué pasó. Yo no les hice ningún daño. Creo que todo es cuestión de envidias.

Entre las personas que conoce, con quienes se encuentra, ¿qué tan avanzada está la aceptación por parte de sus parejas?

Es difícil. Diría que mitad y mitad. Las personas mayores, cercanas a mi edad, han logrado tener aceptación y complicidad por parte de su pareja. Pero tengo el caso de una amiga que tiene 50 años, la esposa 40 y están recién casados. Ambos vienen de matrimonios anteriores. Recientemente le contó a su esposa la situación. Ella en principio lo aceptó, aunque todavía no lo digiere.
Con otras amigas con quienes me escribo están en fases similares. Algunas esposas los aceptan de entrada, especialmente cuando han leído el libro de Virginia Charles Prince. Las esposas encuentran ahí testimonios de otras personas que han pasado por la misma situación y ahí es cuando entienden que esto no le hace daño a nadie, que no tienen que competir con sus parejas y por lo tanto encuentran una amiga y lo aceptan. Otras personas que tienen una educación más religiosa les cuesta mucho trabajo.

En su página de Facebook escribió que “el mayor logro del travesti heterosexual es lograr salir en público sin ser detectado, o por lo menos sin causar señalamiento”. ¿Las personas travestis asumen su identidad todo el día o lo hacen solo en algunos momentos?

Ese es otro punto de diferenciación. Nosotras travestis heterosexuales normalmente nos travestimos por un rato, y ese rato dura lo que demora en salir la barba por entre el maquillaje. Generalmente tarda entre 4 y 8 horas y después de este tiempo hay que repetir todo el proceso.
El travesti homosexual generalmente hace algunos procedimientos para quitarse el vello facial de manera definitiva. El heterosexual no tiene ningún interés en “modificar” su cuerpo. Nosotros estamos felices en nuestro cuerpo, no lo modificamos. Máximo llegamos a una depilación de brazos y piernas. Pero no de transformarlo. Nosotras entonces nos travestimos no como una segunda personalidad sino como la expresión de nuestra verdadera personalidad, que es más femenina que masculina.

Dentro de las personas que conoce, ¿hay alguien que haya pasado de ser travesti a querer hacer el tránsito definitivo hacia el otro género?

En algunas personas sí ha pasado eso. Muchas veces por falta de educación y por falta de formación se presenta una confusión muy grande entre todo lo que le está pasando a uno: yo, por ejemplo, me debatía, hasta casi los 30 años, entre la homosexualidad y la heterosexualidad.
Tengo una amiga que dice que quiere empezar a tomar hormonas para empezar un tránsito hacia el género femenino. Sin embargo, cuando hablamos con ella, vemos que ella se siente a gusto con su cuerpo de hombre y le gusta ser hombre. Este tipo de confusiones son muy comunes. Nosotras somos personas que estamos muy solas. Difícilmente tenemos el apoyo de nuestras parejas y familiares. Y cuando lo tenemos, no significa necesariamente que vamos a entender lo que nos pasa o a aceptarlo.

¿El travestismo heterosexual es más común de lo que se cree?

Sí, definitivamente. Los estudios que hay sobre esto se difunden poco, hasta desaparecen. El hombre heterosexual tiene miedo de decir que es travesti, porque siente que lo van a etiquetar como “marica” y esto dificulta mucho que una persona con una relación estable pueda ser honesto sobre querer expresar ese sentimiento.

¿El travestismo heterosexual cabría dentro de la definición de las identidades queer, que abogan más por una eliminación de las etiquetas, por un constante tránsito entre los géneros?

Desafortunadamente la teoría queer todavía es una teoría. Sí tiene adeptos -yo soy uno de ellos-. Sería muy bueno que no existieran las etiquetas. Simplemente somos seres humanos más allá de las etiquetas.

Entonces, si es una adepta de la teoría queer, ¿por qué insiste en definirse como travesti heterosexual?

En este momento lo que rige es la clasificación de las personas. Por eso creo que la teoría queer todavía está en el plano de la teoría. Los seres humanos siempre estamos etiquetando como si viviéramos dentro de frascos.

Diana considera que encontrar apoyo en la pareja y en la familia es importante, pues fortalece la sinceridad y la complicidad.

¿Actualmente cuenta con el apoyo de su familia y círculo de amigos?

Para mí fue un descanso haber podido decirle al mundo que yo lucho por esto y encontrar que, a pesar de las advertencias de que si lo aceptaba públicamente me iba a quedar solo, mi vida siguió. No me pasó nada malo. Algunas personas sí me miran de reojo, pero no he sentido tanta soledad. De hecho, algunas de las personas a mi alrededor tienen curiosidad de ver qué pasa “al otro lado” de su espejo.

¿Y su familia?

Mi familia es pequeña. Son mi hermano y mi hijo. Mi hermano lo sabe hace mucho tiempo. Para mi hijo sí fue una novedad reciente, pero lo tomó como: “bueno, el viejo es así, qué le vamos a hacer”. Los amigos siguen siendo amigos. No hubo muchos cambios con ellos. Sí me da algo de tristeza que no se atreven a tocar el tema. Les da miedo, como si se fueran a impregnar.

¿En este momento tiene una pareja?

No tengo pareja. Tuve tres matrimonios y otras tres relaciones duraderas a lo largo de mi vida. Y esto fue algo que me confundió también durante mucho tiempo. No fui capaz de contárselo a mi primera esposa, aunque esa no fue la causa del rompimiento, pero fue un infierno mantener el secreto, buscar la oportunidad de travestirme.
En las siguientes relaciones siempre lo dije oportunamente: “Mira ‘fulanita’, veo que nos gustamos y realmente siento que te quiero, y tengo que contarte algo para que decidas si seguimos adelante o es el momento de terminar sin hacernos daño”. Después de las explicaciones y aclarar repetidamente la pregunta incesante “¿seguro, seguro que no eres gay?” Siempre me dijeron: “pues no veo que me haga daño, podemos intentarlo”. Nuevamente los rompimientos fueron por causas distintas, pero era otra historia, incluso me aseguraban que era mejor hacer el amor con Diana que con Jorge.
Fotos: Cortesía Diana Caballero

Las 'crossdressers': los hombres que viven su lado femenino





Bea (sentada) y Barbie (de pie) en el estudio de transformismo y 'crossdressing' Dafni Girls J. BARBANCHO


Los transformistas, en su mayoría heterosexuales, que se transforman ocasionalmente en mujeres

Empresarios, abogados, militares, informáticos o agentes de banca acuden al estudio de crossdressing Dafni Girls para sentirse, por unas horas, como una mujer. Es el caso de Álex, que nos recibe ya transformada en Bea: una belleza rubia enfundada en un vestido negro sobre unos tacones de infarto.
"Tanto yo como la mayoría de las crossdressers tenemos una parte femenina y ésta es la forma con la que conseguimos exteriorizarla y vivirla completamente", cuenta Bea a EL MUNDO desde este luminoso y acogedor apartamento de Chueca. Mientras habla, Dafni Coco, estilista y coach de feminidad artífice del cambio, ayuda a prepararse a Raúl, quien no tiene problema en mostrarse primero como hombre para después presentarse como Barbie, una exuberante pelirroja ataviada de blanco inmaculado. "Ir vestido de mujer a mí no me da vergüenza y si me gusta, mientras no haga daño a nadie, pues por qué no. Es una cosa muy bonita aparte de que es muy divertido", afirma mientras confiesa divertida: "Es que además soy mona: la gente me silba por la calle".
Bea prefiere mostrar esta parte de sí misma únicamente a sus amigas crossdressers. "No creo que merezca la pena lo que voy a ganar con lo que voy a perder o sacrificar. Una mayoría de personas de mi entorno no lo entenderían y les haría daño". Y reconoce: "Entiendo perfectamente que la sociedad tenga prejuicios o ideas preconcebidas porque yo mismo los tenía hasta hace poco. Solo me gustaría que la gente esté abierta a escuchar nuestra historia y luego que piensen lo que les dé la gana".
Según explica, "el crossdressing no tiene nada que ver con la opción sexual", de hecho la mayoría son hombres heterosexuales. "Digamos que hay tres personas que podrían confundirse. Están los transexuales: personas que han nacido con un sexo biológico que no se identifica con su identidad de género. Los transformistas: personas que se visten de mujer única y exclusivamente con motivaciones artísticas. Y luego estamos las crossdressers, que no tenemos disforia de género, estamos contentas con el género con el que hemos nacido, pero una parte de nosotras corresponde al otro género, el femenino, y exteriorizamos y vivimos esa parte a través de nuestras transformaciones, que hacemos de manera temporal".
Bea recuerda emocionada su primera vez. "Del momento del espejo me acordaré toda mi vida. La mezcla del maquillaje, el estilismo, la peluca, se correspondía exactamente con lo que siempre había soñado, no buscado porque nunca pensé que pudiera encontrarlo. Eso me dio alas para aprovechar ahora a tope" y desde entonces sale a la calle, va de compras, a cenar o a bailar con Barbie y las demás chicas. "Me di cuenta de que todos los miedos que tenía, que me iban a reconocer, que me iban a agredir, eran infundados", asegura.
Barbie, por su parte, cuenta sobre sus inicios en el crossdressing: "Yo al principio decía yo no soy tal o cual, siempre con etiquetas. A mí eso ya me importa cinco pimientos. Yo soy yo, soy Barbara Ann, vengo aquí, me lo paso lo mejor que puedo y disfruto mucho". Aunque aclara: "No podría hacerlo en mi casa porque tengo hijos pequeños. Tampoco les quiero transmitir que esto es malo, pero se lo diré cuando sean mayores".
Dafni descubrió este mundo en 2011 cuando un hombre contactó con ella para que le enseñara todos sus trucos. "Yo era maquilladora y estilista en aquel entonces y me interesó muchísimo poder crear una imagen opuesta a la que tenían. Aparte, es algo muy creativo y me llenó muchísimo la finalidad de estas personas: hacerlo simplemente por expresarse, por liberarse, por placer, rompiendo todos los estereotipos y creencias que tenemos marcados y exteriorizando esta parte femenina".
En 2015 dejó su Barcelona natal para crear Dafni Girls en Madrid, donde atiende a hombres de toda España. Las sesiones incluyen acceso completo al vestidor, zapatos, ropa interior, complementos o pelucas, es decir, "una imagen adaptada y el entrenamiento en modales, gestos o cómo andar con tacones de forma que puedan sentirse lo suficientemente seguras como para atreverse a vivir esta parte de su vida".